domingo, 29 de julio de 2012

A Esta Hora









Mundos perdidos en la orbe de la hora
Estoy jugando y sé que todas son mis armas
sobre esta tierra de sombras

Mañanas que no auguran otro día
penas y cabellos caídos
todo recubierto de belleza
triste belleza
despierta como la fuente en las estrellas

palpita algo 
otro día
una sonrisa recordada
una pequeña tristeza disuelta entre lagrimas

nada es fatal sobre esta tierra

solo los ojos que un día ya no aman
solo las rosas que se han abierto para siempre
y las delgadas sobras locas
las dociles locuras con las que juego a esta hora 
y para siempre

hay dentro, muy dentro, un suspiro quieto, muy quieto
un aullido en un paisaje, una luna,
una constelación de latidos salvajes, hay un silencio
dentro, 
muy dentro de esta tierra de sombras. 

domingo, 8 de julio de 2012

Decir




Quiero decirte tantas cosas.

Últimamente.

Tantas tristezas pequeñas acodadas a mi costado
Me despiertan de sueños febriles
De delirios floridos
Me crece toda una flora invicta
En medio de la negra mar de la noche
Y despierto desesperado buscando encontrarte

Húmedo de tantos trenes y tantas olas que me han
Cruzado por el corazón dormido
Llego a veces con un puñal o una tasa de té
(dependiendo el ánimo) tras levantarme
A la ventana que se ha convertido en el cura
En el hombre religioso
En la sombra
Que oye misterios en las palabras que otros no oyen

Hay, en estas cosas que quiero decirte
Tanto de una secreta mar que me golpea el pecho
Como si quisiera llevar a mi corazón lejos
Lejos, al fin de los caminos
donde no hay más que lluvia
y trenes que no llegan ni parten
lejos en definitiva
como si quisiera acabarme
como si ya nada quisiera

pero yo lucho, soy una fuente de deseos inconclusos
una fuente hambrienta de luz y de rías
una lucha secreta
una secreta marcha para encontrar un continente secreto
con días secretos
con llanto y lluvia secretos

Hay una infinita pena que alimenta las estrellas
En éste día que no se si es noche
En este instante en que no se si muero o estoy durmiendo

Hay en un costado de mis rincones (últimamente) un corazón
Y un arcoíris
Un barco que esta partiendo
Un atardecer que ya se acaba

Hay una pena infinita que cae en mi alma
Teje un arcoíris amargo por la melodía de mi llanto o de mis ríos
Y alegre
porque las cosas que quiero decirte aún no tienen respuesta

martes, 19 de junio de 2012


Soñé contigo, forma barata de decirte que te amo. Me mirabas fríamente. Estábamos en un baño. Tu boca no profería sonido, apenas rictus, afectados por distintas palabras. Pero tu voz no estaba, no venía de ningún sitio. Conversábamos, plácidamente, hasta que yo te pedía que sonrieras, y me decías con una locura blanca y trasparente: ¿lo pides enserio? Sabes que no puedo sonreír.

Aún sin voz lo decías, yo interpretaba sin esfuerzo ni equívoco el signo de tus labios, que se entrecerraban escondiendo la palabra. Estabas vestida de rojo y tu piel era tan pálida, tu cuerpo era abrupto y brutalmente geométrico. Tu cuerpo estaba contrahecho, esbozado vagamente con proporciones rectas y cuadradas.

En otro sueño, soñado la misma noche, me acompañabas por galerías enormes, como las que ve un niño. Galerías que me eran familiares pero que no acertaba reconocer. Sentía, ya incluso en el sueño, una afinidad tuya con Beatriz: me rescatabas de este sueño. Y mientras caminábamos era más familiar todavía el lugar, y ya parecía una iglesia también con una enorme cúpula fina como la noche que visitamos alguna vez. Recuerdo que yo te contaba muchas cosas, pero sin revelación alguna, era tan solo el veredicto escondido de mi soledad ante tus ojos. Y tú, como siempre tan delicada y tan atenta a mis sentimientos. Sin embargo si algo en ti te interpelaba era solamente fruto de la pena que me tenías, ante cualquier persona que te hablara así, atenderías.  Como Dante lo hizo quisiera inmortalizarme junto a ti, pero ya las fuerzas de mi voluntad no me dejan mentir, aunque sólo he mentido en mi vida, no puedo hacerlo ni una vez más.

Pero eso no me extraña. Esa había sido nuestra relación (y sé que es una hipérbole el llamarla relación, sé que soy obsesivo, paranoico al decirlo, ya que sólo una vez te tuve de la mano, y sólo una infantil vez dormiste entre mis brazos).  Nunca te besé si quiera, pero cuánto ignoraba que te amaba. Sólo cuando decidí que no volvería, o más bien dicho que ya no te buscaría más, mi amor se trocó en locura, en lo que un poeta desesperado llama amor, pero es nada más que una obsesión, un delirio florido. Supe entonces con certeza que lo había perdido todo, que el amor para mí era no tenerte, que lo que amaba realmente no era a ti sino eso, el simple hecho de estar amando.
Y después ya no te necesitaba, tu imagen era suficiente,  si te busqué alguna vez, si te obligue a oír mi amor, mis penas: te utilicé de una manera horrible, yo no amaba en ti nada. Sólo eras un nombre, un cuerpo, y un rostro, que por azar se acoplaba a la musa que sonreía en mis sueños, que era el personaje de tantas novelas que planee, pero lo digo de nuevo, nada tenía que ver contigo. No te amé nunca y lo sé ahora, lo sé por fin. Después de tanto tiempo, nada tenías que ver con el amor, o la pasión, eras una fruta devorada por mi imaginación, y rehíce el mundo para ti, sin entenderte, ni comprender que a quién yo llamaba Rebecca era una Rebecca muy distinta de ti. Compartía un rostro y un nombre, pero no eras tú a quién quería, sino al fantasma del amor que me dejaba. Y me sigue dejando sólo, perdido en mí, arropado de memoria.

¡Que nadie me diga nada ahora que entiendo todo! Pero estas galerías eran tan familiares. Y de pronto todo se develaba, no era un museo ni una iglesia, era un París, sin ruido ni voz como tú. Vacío a plenitud como tú. Y de pronto entraba en un museo inigualable y te perdía en medio del silencio.   


miércoles, 13 de junio de 2012

viernes, 8 de junio de 2012

Rebecca despertó desnuda


I


Rebecca despertó desnuda en medio de un bosque fosco, asépalo. Aunque la reciente lluvia se había deslizado por los árboles enjutos, la patas de los venados estuvieran manchadas de cascarria, y el viento fuese frío hasta la cristalización, su cuerpo relumbraba de pureza, daba su comodidad una impresión de calor. Sus pezones erizados, violetas, atraían la mirada de entre su vasto desierto islandés, lechoso. Manantiales de luz o de miel bajaban por sus axilas. Un numen pálido y parecido a la mariposa se hallaba asilado en su corazón y, como a una lámpara antigua a la que le es devuelta su llama, envueltos de vida rutilaban sus brazos y su barriga, pareciendo orfeones que venían saliendo del lodo, de la garganta desvelada del infierno. Dos estrellas aparecieron en el cielo: Arcturus y la Espiga de María. El sol había dejado la tierra con una barca incendiada de rojo, la luna tardaba en llegar y el día quebrado en un montón de charcos, se deslizaba como las lagartijas en medio de la ternura de la noche. Los lobos empezaron a cantar. Los pájaros se habían ido. Un conejo blanco desapareció en medio del follaje.
Descalza, arisca y soñolienta se levantó del lodo, sus manos se mancharon por las palmas, se arregló el pelo sin importarle ensuciarse, de entre un hueco oscuro y secreto en medio de los árboles muertos, sacó una manzana fresca. Había soñado con Milena. Ayer se había acordado de ella.  Había en su frente un resplandor esmeralda. Sin posibilidad de voluptuosidades, se agachó, consciente de su soledad, para recoger un arete de plata. Cuando se agachó sin embargo sintió un impulso erótico, algo la estaba contemplando. Se dio la vuelta y no encontró sino dos luciérnagas que titilaban con su acostumbrada convicción. Cuando había vuelto a su recuerdo de Milena, escuchó pasos. No eran los de un hombre sin embargo. Se agachó una vez más para tomar su collar de perlas: un gusano marino, seccionado y albar salió de la tierra sin esfuerzo, la joya con un látigo retorcido se enrosco en su cuello lizo y húmedo de saliva, de lluvia. Antes de lograr levantarse, sintió el aliento caliente y feroz de un lobo en su mano estrellada. No tuvo miedo. Le dio un tasco a la manzana y descubrió su corazón con cuatro latidos estáticos, cincelados en ébano. El lobo le lamió la herida del costado que se había hecho cuando resbaló por el sendero y perdió al grupo de guías. Ella conocía ese aliento y el sabor de la saliva. Le lamió los pezones y el sexo.
Dos lobos cabizbajos  horadaron la vieja noche dejando el sitio en que Rebecca había despertado.

II


Yo había amado su piel de lobos, sus costurones de locura y sus lúnulas de calendario lunar. Había pronosticado el tiempo y el clima con sólo verla. Sus labios eran una fuente quieta de fatídicos agüeros. Nicho en el secreto retenido de su corazón, un abismo de dudas y desconciertos. La mujer se parece a la tierra no sólo por su noche, principalmente por su misterio, misterioso misterio en el que gravitamos, atrayéndonos al abismo como la tierra a nuestros pasos. Vi en su mirada una perla lejana, que bien puede ser la muerte, o la luna en los ojos de la noche. Bese a un lobo en sus labios y fui mordido por él. Su corazón era un cáliz de plata de fumífero tósigo. Por lo demás: Siguió vistiéndose en la noche de barro.

-       - Así fue, me dijo, como llegue a tu casa sin chompa.

lunes, 7 de mayo de 2012

El Mesías Equivocado





Pocas miradas lo destejían, pocas lágrimas daban un sustento al suelo y a la tierra. Una mirada lejana recorrió la cruz y le deseo otra suerte.
Jesús no pidió agua, pidió olvido. En una visión -que calificó como sueño- vio el miedo y la muerte de los que quería salvar, supo que su legado se llenaría de sangre, que las lágrimas no eran con él, que su paz se desintegraba, y que su muerte sería la muerte de sus hermanos. Pero cosa extraña: la visión se repitió tres días después, y en su memoria –que ya es pasado- y en su presente, se sigue repitiendo.
Pero ahora que se ha encontrado con su padre, sabe que la paz, la dicha y la salvación habían sido las de él: “Me he equivocado” se dijo y siguió lactando.

domingo, 1 de abril de 2012

Herencia

Devuelta en un mundo monótono que tengo que iluminar, porque la conciencia es la única luz del hombre y su única ceguera. Devuelta en la tierra de la que he venido si ella, claro, no se ha ido hasta Perú o subido a Colombia, en mareas destructivas, en derrumbes de rocas, porque sí, como dijo el oráculo, las piedras son los huesos de la tierra, y yo he visto su carne desde arriba, envuelto en el olor de las azafatas, que son las parientes de las secretarias, pero aladas, con la lengua hecho una lija de tanto respirar el aire producido por las maquinas. La he visto caer y meditar desde mi camino invisible, en ríos verdes, en ríos cobrizos, y más que nunca el onduloso territorio se me ha parecido al vientre de una mujer.

Devuelta en ésta luna, que he coronado miles de veces, a la que vuelvo siempre como ella vuelve, entre mareas. Devuelta y no hay nada que me resulte extraño, me asombra menos el retorno que no sentirme perdido. En el retorno, el caminante comprende el delirio de su agonía, todo vuelve a suceder, se suceden las calles con la misma velocidad, los autos pasan en su lenta jauría, el sol relumbra de la misma forma y solo lo sabemos en las quemaduras que son las quemaduras de nuestra niñez, pero el tiempo – caspa o musgo, nevada o barba – ha crecido, le ha dado una nueva forma. Al viajero todo lo mira desde ojos distintos. Volver es como ver en una desconocida los ojos de la mujer que amamos. Como oír el nombre de nuestra amada en alguien que no conocemos. Estamos del todo perdidos, pero tenemos la vaga sensación de no estarlo.

Quito, cuna en medio de las montañas, cara de un dios escondido, tus ojos me miran y yo no puedo verlos. Me asalta la libertad aquí y a las cinco de la tarde, comprendo ahora que me he bajado del avión, la grandeza de mi vida, los caminos que son infinitos, las posibilidades que desalojo a cada paso, la inmensidad del destino que quería Heidegger: soy el Adán que mira el mundo al que ha sido condenado, sin poder nombrar nada ante su asombro, pero en el asombro de Adán hay miedo y en el mío sólo hay melancolía. La familiaridad con las cosas nada tiene que ver con nuestro conocimiento de las cosas, está echa de continuos paseos, paseos en los que no observamos la vida exterior sino que nos sumimos en pensamientos y posibilidades, hemos dejado ya de ver el mundo con ojos nuevos y es entonces cuando podemos relajarnos, disfrutar de la vida que escondemos. Me asalta la libertad con mis maletas y mi bufanda a la salida del aeropuerto, y lo único que la crea es asimismo mi angustia, todos mis sentidos liberándose a su vez se vuelven animales y quiero huir, perderme en medio de mi naturaleza. A veces he pensado que nuestra propia imagen está modelada por la forma en la que nos ve la gente, ahora en efecto me sucede, sintiendo que nadie me conoce, yo mismo me vuelvo un poco espectral, yo mismo me siento leve e invisible, si huyo nadie podrá evitarlo, hace poco bajé del avión, pero para la gente que me mira bien podría no haberlo hecho nunca.

Todo me lo justifica la conciencia. Mi estar aquí, sin ir a ningún sitio, contemplando el inicio de los caminos está justificado por vagos pensamientos, me siento en un islote desde el que oteo el mundo, en un balcón, en una cofa definiéndose los hormigueos despaciosos y los reflejos efímeros del día. Existo porque respiro, porque mi soledad me hermana como nunca con el animal que soy, lo escucho vivir muy cerca, y la cercanía de su boca con la mía me lo hace familiar, aunque esta reprimido y casi diría viejo de andar tanto por mi escalera genética. Él y yo cuando solos somos uno. Acerca su mano peluda a la mía, y en su gesto no hay reflexión pero si un profundo amor que no es destruido por pesares. Siento un delgado derramar muy cerca, una fuente que oscila fresca, húmeda, nocturna, y empieza a bañar al animal.

No estoy seguro si es mi humanidad o mi tristeza.