I
Rebecca despertó desnuda en medio de un bosque fosco,
asépalo. Aunque la reciente lluvia se había deslizado por los árboles enjutos,
la patas de los venados estuvieran manchadas de cascarria, y el viento fuese
frío hasta la cristalización, su cuerpo relumbraba de pureza, daba su comodidad
una impresión de calor. Sus pezones erizados, violetas, atraían la mirada de
entre su vasto desierto islandés, lechoso. Manantiales de luz o de miel bajaban
por sus axilas. Un numen pálido y parecido a la mariposa se hallaba asilado en
su corazón y, como a una lámpara antigua a la que le es devuelta su llama,
envueltos de vida rutilaban sus brazos y su barriga, pareciendo orfeones que
venían saliendo del lodo, de la garganta desvelada del infierno. Dos estrellas
aparecieron en el cielo: Arcturus y la Espiga de María. El sol había dejado la
tierra con una barca incendiada de rojo, la luna tardaba en llegar y el día
quebrado en un montón de charcos, se deslizaba como las lagartijas en medio de
la ternura de la noche. Los lobos empezaron a cantar. Los pájaros se habían
ido. Un conejo blanco desapareció en medio del follaje.
Descalza, arisca y soñolienta se levantó del lodo, sus
manos se mancharon por las palmas, se arregló el pelo sin importarle ensuciarse,
de entre un hueco oscuro y secreto en medio de los árboles muertos, sacó una
manzana fresca. Había soñado con Milena. Ayer se había acordado de ella. Había en su frente un resplandor esmeralda.
Sin posibilidad de voluptuosidades, se agachó, consciente de su soledad, para
recoger un arete de plata. Cuando se agachó sin embargo sintió un impulso
erótico, algo la estaba contemplando. Se dio la vuelta y no encontró sino dos
luciérnagas que titilaban con su acostumbrada convicción. Cuando había vuelto a
su recuerdo de Milena, escuchó pasos. No eran los de un hombre sin embargo. Se
agachó una vez más para tomar su collar de perlas: un gusano marino, seccionado
y albar salió de la tierra sin esfuerzo, la joya con un látigo retorcido se
enrosco en su cuello lizo y húmedo de saliva, de lluvia. Antes de lograr
levantarse, sintió el aliento caliente y feroz de un lobo en su mano
estrellada. No tuvo miedo. Le dio un tasco a la manzana y descubrió su corazón
con cuatro latidos estáticos, cincelados en ébano. El lobo le lamió la herida
del costado que se había hecho cuando resbaló por el sendero y perdió al grupo
de guías. Ella conocía ese aliento y el sabor de la saliva. Le lamió los
pezones y el sexo.
Dos lobos cabizbajos horadaron la vieja noche dejando el sitio en
que Rebecca había despertado.
II
Yo había amado su piel de lobos, sus costurones de
locura y sus lúnulas de calendario lunar. Había pronosticado el tiempo y el
clima con sólo verla. Sus labios eran una fuente quieta de fatídicos agüeros.
Nicho en el secreto retenido de su corazón, un abismo de dudas y desconciertos.
La mujer se parece a la tierra no sólo por su noche, principalmente por su
misterio, misterioso misterio en el que gravitamos, atrayéndonos al abismo como
la tierra a nuestros pasos. Vi en su mirada una perla lejana, que bien puede
ser la muerte, o la luna en los ojos de la noche. Bese a un lobo en sus labios
y fui mordido por él. Su corazón era un cáliz de plata de fumífero tósigo. Por
lo demás: Siguió vistiéndose en la noche de barro.
- - Así fue,
me dijo, como llegue a tu casa sin chompa.
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